Luego de los resultados de las PASO quedaron a las claras cómo está consolidado el fenómeno de las ultraderechas en nuestro país que se viene desarrollando con fuerza en todo el mundo occidental desde al menos una década. Milei y Bullrich, Trump, Bolsonaro, Marine Le Pen en Francia, Giorgia Meloni en Italia, Santiago Abascal en España, entre muchos otros, son figuras políticas de mucha relevancia en sus países y subproductos de esta corriente política que denominamos neofascismo. Desarrollamos acá por qué.
La perspectiva marxista
Siguiendo a Lenin(1), todo gobierno burgués es en el fondo la dictadura del capital, la dictadura de dicha clase en el poder. Pero esta dictadura bien puede mostrarse en una forma parlamentaria y aparentemente democrática o bien mostrarse en forma bonapartista (un líder que se ubica “por fuera” de las clases sociales y desde esa supuesta exterioridad regula las relaciones entre ellas), en cada caso con sus matices según el momento y el lugar. El fascismo es la versión más extrema de esta dictadura que históricamente ha surgido como respuesta desesperada de la burguesía frente a una crisis revolucionaria y ascenso de las masas, que cuestionan este orden de cosas.
Si bien actualmente no se verifica en ninguna parte del globo dicha situación revolucionaria, sí venimos analizando que la burguesía a nivel mundial, desde la crisis financiera en 2008, no encuentra la forma de reimpulsar en forma significativa su tasa de ganancia. Las disputas interburguesas a gran escala por acaparar mayores porciones de plusvalor se tradujeron en la guerra comercial, financiera y cada vez más beligerante entre EEUU y China, que fue erosionando el rol de primera potencia mundial indiscutida del país norteamericano. En cada región esta crisis tuvo distintos coletazos y se expresó de modos distintos, aunque con un común denominador: una concentración de la riqueza sin precedentes, aumento de la pobreza y pauperización de las masas, crisis humanitarias y ambientales. La pandemia y la guerra en Ucrania no hicieron más que agudizar esta situación. La perspectiva para las masas trabajadoras se fue alejando cada vez más de la posibilidad de una vida más o menos digna. Sin perspectiva socialista ni revolucionaria, en Medio Oriente, África, Europa y América grandes rebeliones populares expresaron la capacidad de negación de la clase a los planes de la burguesía de impulsar sus ganancias a costa del “mal vivir” de las mayorías oprimidas y explotadas. Desde este punto de vista, no hay similitud con el contexto de surgimiento de los fascismos en el siglo XX, que tenía a la revolución rusa como fantasma y como faro. Pero sí podemos pensar en una situación de crisis muy aguda en la clase capitalista para presentar a las masas una propuesta de sociedad medianamente atractiva.
En este sentido, seguimos a Trotsky(2) cuando plantea que así como en momentos de auge capitalista, combinando represión y concesiones, se pudo estabilizar un modo de dominación democrático parlamentaria logrando que las capas medias y sobre todo la pequeña burguesía marchen al ritmo que requería el gran capital. Por el contrario, en momentos de crisis muy agudas del capitalismo, naturalmente la clase obrera se lanza a la lucha con las herramientas organizativas que tiene a su alcance y aquellas capas medias y la pequeña burguesía bien se puede sentir atraída -y a menudo lo hace- a sumarse a la lucha pues entiende que tiene poco que perder y mucho por ganar. Pero cuando la organización política de la vanguardia obrera, no tiene un programa claro, vacila, es confusa y no está a la altura de las circunstancias, bien pueden florecer propuestas de salida a la crisis de sectores minoritarios que señalan como culpables de la aguda crisis social a los sectores más dinámicos de la lucha (sean estos partidos obreros, sindicatos, estudiantes, campesinos, pero también sectores racializados, desocupados, pueblos originarios, mujeres y diversidades, etc.). Frecuentemente la desmoralización y la propaganda atraen a la pequeña burguesía, capas medias y sectores de la propia clase que dirige su odio y frustración contra éstos. Las alternativas planteadas por estos grupos pequeño burgueses llevan agua para el molino de la reacción y son totalmente funcionales a los intereses del gran capital y a defender la dominación de la clase burguesa. Cobran vigor los discursos y prácticas de persecución y hostigamiento contra quienes se rebelan a la dominación del capitalismo patriarcal, aún cuando se trate de luchas parciales, por cuestiones económicas o de derechos. Pero en la medida que una política obrera no logra mostrarse como una alternativa seria y viable para el conjunto social, se generan poco a poco las condiciones para que acumulen otras expresiones de descontento. Esta ha sido la función histórica del fascismo.
Conceptualizaciones del fascismo
Tanto desde las ciencias sociales como desde la política, se definió al fascismo de tres formas distintas(3), no excluyentes, pero que hacen hincapié en aspectos distintos. Es decir, se pone el acento en distintos aspectos para afirmar o negar si se está en presencia del fenómeno fascista.
Como ideología, se plantea al fascismo como un sistema de ideas caracterizado por la representación política centrada en un único partido político de masas, el culto personalista, utilización de proyectos mesiánicos, la verticalización autoritaria de la sociedad, exaltación de la identidad nacional (cuya aparición cuenta con un mito de origen) y, en función a esto, objetivos expansionistas, la estigmatización de quienes no pertenecen a esa identidad nacional, desprecio al individualismo liberal, profundo y violento anticomunismo, utilización de un aparato de propaganda que a menudo se basa en la supresión de medios opositores, etc.
En general, defender esta concepción del fascismo tiene el problema de dejar de lado las necesidades del capital por lo cual no pueden comprenderse aparentes contradicciones de la ideología fascista a la luz de los procesos históricos. Por otro lado, si quisiéramos analizar a las ultraderechas de la actualidad con esta definición, encontraríamos que la concepción de partido único, la centralidad del líder y la verticalidad no son ideas que interpelen masivamente ni que expliquen la adherencia a estos movimientos, aún cuando en los movimientos de los distintos países podemos identificar las figuras centrales. E incluso cuando varios de los distintos partidos neofascistas hace rato vienen profundizando lazos políticos a nivel internacional.
Como régimen de gobierno, el fascismo tiene un carácter corporativo que rechaza a la democracia liberal y representativa, oponiendo un modelo de conciliación de clases en donde es el partido-Estado quien articula a las fuerzas sociales: empresariado, sindicatos, Iglesia. La economía es dirigida desde el Estado.
En la actualidad, existe un gran desgaste y descreimiento en la democracia burguesa, en la “clase” política (la “casta”), pero sería difícil pensar un escenario de gobierno de partido único y corporativismo como sucedió en el siglo XX. Tal vez alguno de estos rasgos podemos encontrar en regímenes de medio oriente, aunque allí se trata en todo caso de dictaduras religiosas (Siria, Irán) o totalitarismos clásicos (Arabia Saudita), y sería materia de otras notas desarrollar una caracterización de los mismos. Para el caso de occidente, centralmente Europa y América, no pareciera ser ese el escenario más posible, aún cuando la toma del Capitolio en EEUU y la asonada golpista en Brasil de Enero de este año nos podrían dar que pensar en este sentido. Mucho menos para el caso argentino en donde uno de los resabios regresivos del 2001 sigue siendo la “anti política” como discurso a contramano para pensar un régimen corporativo que articule a los distintos actores sociales y remplace al parlamento. Aunque no exclusivo de nuestro país: la construcción de los discursos “contra la corrupción”, la “casta política”, las fakes news y el marketing vacío de las campañas, es algo común en los distintos países y apuntala en el mismo movimiento la apatía política y la degradación de la democracia como sistema político.
Como prácticas sociales, el fascismo implica la posibilidad de la movilización activa de grandes colectivos y su participación en la estigmatización, hostigamiento y persecución de distintos grupos de la población (identificados a partir de su origen nacional, su diversidad étnica, lingüística, cultural, socioeconómica, política, religiosa, de género, de identidad sexual, etc.). Este conjunto de prácticas sociales buscan canalizar o saldar las frustraciones que generan las recurrentes crisis capitalistas y la regresiva distribución del ingreso, algo mucho más pronunciado en aquellos lugares donde existen sectores medios más o menos significativos. Así el fascismo canaliza el descontento orientando estas prácticas hacia grupos que en general ya cuentan con una valoración social negativa o están camino a tenerla. Esta estigmatización y hostigamiento suelen ir de la mano de un cuestionamiento a cualquier forma igualitaria, de ampliación democrática o de derechos y, en general, también al señalamiento de la corrupción de las instituciones como degradación de cierto espíritu nacional o moral (no casualmente ligado a valores blancos, cristianos y patriarcales). Así conceptualizado estructuralmente el fascismo, no se hace tanto hincapié en la conciencia individual fascista, sino más bien en lógicas sociales que ponen en juego estas prácticas vinculadas al uso de la violencia, formas particulares de movilización social y búsqueda de involucramiento de grandes sectores de la población en acciones represivas. Para este enfoque resulta crucial el involucramiento activo de los sectores populares sobre todo de aquellos en proceso de pauperización.
El fascismo como práctica social parece ser la perspectiva más útil para afinar la caracterización de las ultraderechas actuales. Permite encuadrar distintos movimientos reaccionarios que emergen en coyunturas específicas que, aún expresándose por motivos distintos (contra la lucha sindical, contra el aborto, contra los cuidados sanitarios, contra la ESI, contra la población migrante, los supremacistas blancos yankees, etc.), tienen mismos hilos conductores. Mismas prácticas fascistas que durante el siglo XX sirvieron a ciertos fines del capital, pueden servir a los actuales.
Los discursos mediáticos y políticos en esta dirección no siempre (aunque también lo hacen) son un llamado abierto a la acción, sino que alimentan las condiciones para que en la vida cotidiana de distintas capas de la población se hagan carne en forma de prácticas de odio, persecución y hostigamiento. Dicho de otro modo, son los discursos fascistas siendo hablados, con mayor o menor conciencia, en forma de acciones sociales concretas por personas que no necesariamente adhieren al fascismo si lo pensamos como ideología o como régimen de gobierno. La ultraderecha o sectores neofascistas acumulan con estas prácticas pues las traducen (y las promueven) en propuestas políticas y programas de gobierno.
El neofascismo
Teniendo en cuenta estas cuestiones, nos parece correcto hablar hoy de neofascismo a partir de la aguda crisis que atraviesa el capitalismo y la forma democrático parlamentaria de dominación, es decir, una crisis de régimen(4). Las disputas interburguesas y el despliegue de la capacidad de negación de la clase trabajadora, generan las condiciones para que resurjan prácticas sociales fascistas como respuesta reaccionaria frente a los cuestionamientos progresivos que se le hacen al capitalismo patriarcal en la actualidad y, en relación de retroalimentación, coaliciones políticas que acumulan este resurgimiento.
¿Por qué NEO y no fascismo a secas? Porque justamente permite diferenciar las épocas históricas en las que surgieron este tipo de prácticas fascistas, tanto por el tipo de crisis capitalista como por la forma de acumulación del capital en cada período, así como la relación de fuerzas entre las clases. Y al mismo tiempo permite dar una justa definición que caracteriza con exactitud la actualización de estas prácticas que defienden la dominación de la clase capitalista en la actualidad.
Hablar de neofascismo permite comprender el hilo conductor de esta orientación reaccionaria que tiene con las experiencias pasadas, aún cuando en la actualidad es evidente, por ejemplo, que en lo económico los sectores políticos neofascistas adoptan programas típicamente liberales. Ultraconservadores en lo político y social, ultraliberales en lo económico, es la fisionomía que, a grandes rasgos y con matices, une a los distintos sectores del neofascismo en la actualidad y los diferencia del pasado.
La otra diferenciación importante que nos permite referenciar a la ultraderecha actual de las versiones pasadas -y referirlas como neofascistas- es en cuanto a la forma de gobierno que promueven. Es cierto que los procesos históricos son abiertos pero, como ya se dijo, no pareciera ser que gobiernos como el de Meloni en Italia, o el devenir de Trump y Bolsonaro vayan en el sentido de fundar regímenes totalitarios y corporativos que presindan de algún tipo de legitimidad democrática. Podríamos discutir si gobiernos como el húngaro de Orban y su partido Fidesz podrían ser caracterizados como fascista a secas en el marco de estas diferenciaciones.A los fines de nuestro interés político, nacional y regionalmente, es indudable que nos encontramos ante el fenómeno neofascista: se promueven con distintos niveles de éxito y masividad distintas prácticas de persecusión, hostigamiento y violencia contra sectores sindicales, feministas, de pueblos originarios, de diversidad de género y sexual, afrodescendientes y de izquierda (unificando amplia y difusamente bajo el rótulo de “comunista/socialista”); estas prácticas y los sectores políticos que las promueven, responden a los intereses del capital más concentrado, que en nuestra región requiere de políticas de libre mercado; se difunden masivamente discursos que promueven la más afiebrada libertad individual y meritocracia, que en su lógica se articula con formas de trabajo precarizado, la pérdida de derechos colectivos, limita al extremo la posibilidad de reclamo y rechaza de plano cualquier política redistributiva o que tienda a cierta igualación social. Vale decir que entre el programa económico del neofascismo y el progresismo no hay diferencias estructurales. Son modelos neoliberales que proponen mayor ajuste a la clase obrera y el retroceso histórico de derechos. Lo que hay es una discusión sobre cuál es la mejor forma de lograr hegemonía política y social para la aplicación de este programa, es decir, qué marco político, jurídico, ideológico y qué tipo de utilización de las fuerzas represivas genera mejores condiciones de posibilidad para su ejecución. Desde el ángulo del capital y de la lucha de clases, es esta la nueva versión del fascismo que surge como rueda de auxilio de las necesidades de la dominación de clase y de la continuidad de la acumulación capitalista.
PRC, 23/08/23.
(1) El Combatiente N° 84, “Perspectivas del fascismo”, 1973.
(2) Leon Trotsky, “El único camino”, 1932.
(3) Feierstein, Daniel, La construcción del enano fascista, cap. 1 “Sobre las definiciones del fascismo”, 2019.
(4) Decimos “crisis de régimen” para referirnos a la crisis ambiental, económica, sanitaria y social, es decir, una crisis del sistema capitalista en su conjunto, aunque no implique una crisis terminal del mismo.

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