La crisis política retroalimenta la crisis económica

Desde que se filtraron los audios de las coimas de Karina Milei en la ANDIS, el gobierno no hace más que correr detrás de la agenda. Incluso llegaron al extremo de conseguir que un Juez acosador de mujeres, dictara una cautelar para censurar la difusión de audios de la Koimera: un manotazo de ahogados propio de autoritarios y corruptos. Por otro lado, la asesina Bullrich salió a hablar nuevamente de espionaje extranjero y lo comparó con la  desaparición de Santiago Maldonado. Pero a Santiago lo desapareció y asesinó la gendarmería bajo su mando: no hubo operación. Entendemos, entonces, que Karina es, sin vueltas la Koimera.



Por eso se popularizan canciones como “alta koimera”: el 3% se convirtió en el símbolo de la corrupción mileista siendo repudiados en la calle de diferentes maneras. Sólo para pasar en limpio: en Lomas de Zamora, en Junín, en Corrientes, en mesas de campaña de LLA, también en la fábrica FATE, la vicepresidenta fue escrachada por defender genocidas, esta vez por obreros que estaban trabajando y en Moreno, en el cierre de campaña de LLA, donde vimos la total debacle del gobierno expresada en un predio vacío.

Esta dinámica de repudio social al gobierno todavía no es de masas, pero comienza a abrir un cauce de expresión a la bronca contenida frente al ajuste permanente al que Milei y las patronales nos han sometido.


La caída del salario desde la asunción de Milei es brutal: ya se perdió alrededor de un 30% del poder adquisitivo, según datos de la Encuesta Permanente de Hogares. Al mismo tiempo, crece el endeudamiento de las familias, en muchos casos para sostener consumos básicos del día a día. Los recortes en jubilaciones, discapacidad y planes sociales forman parte de este ataque generalizado contra la clase trabajadora y el pueblo.


Todo este ajuste, en nombre del superávit fiscal, es en realidad una combinación nefasta de intereses patronales: sostener el pago de una deuda externa odiosa para alimentar al capital financiero, expoliar nuestros recursos naturales, intentar modificar la relación de fuerzas abierta desde el Argentinazo —que frenó el hambre y la miseria del menemismo— y, finalmente, garantizar ganancias extraordinarias a las patronales. Estas han extendido de hecho la jornada laboral, forzándonos a trabajar cada vez más horas para llegar a fin de mes, mientras buscan liquidar derechos conquistados con décadas de lucha obrera en Argentina y en el mundo.

No odiamos suficiente a las patronales

Toda esta crisis tiene claros beneficiarios: el capital financiero y sectores de la burguesía que se relamen con negocios extractivistas, importaciones y la concentración de ramas productivas en medio de la debacle general.
Desde el inicio del gobierno, las cámaras patronales brindaron su apoyo porque compartían sus promesas: atacar a la clase trabajadora y al pueblo, desarticular sus organizaciones (aun con conducciones burocráticas cómplices) y desarmar el entramado social de resistencia y solidaridad que existe.
Las patronales y sus cuadros viven en el lujo de sus barrios cerrados y mansiones. No sufren la crisis debiendo elegir entre comida o medicamentos, entre las zapatillas de un hije o la mochila de otre.


Son esas patronales las que apostaron por este gobierno de mierda, y no lo padecen, incluso cuando ciertos sectores particulares puedan sufrir achiques o quiebras. Sus hijes y nietes ya están cubiertos por ganancias acumuladas a costa de la explotación obrera y del hambre popular.


Las elecciones pasan, la resistencia debe aumentar


Por eso, más allá de la discusión electoral, que es secundaria frente a esta realidad, no podemos dejar que nos tape lo esencial: necesitamos que aumente la resistencia al gobierno y a las patronales.


Es fundamental que las y los trabajadores tomemos la iniciativa y llevemos a cabo medidas de fuerza progresivas que pongan un freno. Sobre todo, en la lucha contra este gobierno neofascista, no podemos seguir pensando con la lógica del “mal menor”. Ese mal menor es el que desalienta la resistencia y frena la lucha: los diputados de oposición que se ausentan para que pasen los vetos presidenciales, son esas conducciones sindicales que se niegan a convocar un paro general.


No obstante, sabemos que las elecciones implican un momento de discusión política y en ese marco como organización llamamos a votar al FITU por una razón muy básica: es la única lista no patronal que sostiene un programa de clase. Muchos de sus candidatos además son compañeras y compañeros que nos cruzamos en cada lucha, más allá de las diferencias o debates que podamos tener, y eso no pasa con las otras listas que se dicen de oposición pero no están realmente en las calles como se necesita para enfrentar a este gobierno.


De todos modos, queda claro que no sirve esperar que lluevan soluciones, ni electorales ni de otro tipo: es necesario organizar la lucha desde abajo, en cada lugar de trabajo, en cada escuela, hospital o barrio. Retomemos los métodos históricos de nuestra clase, esos que tanto se empeñan en borrar. Tenemos que resistir a este gobierno construyendo un programa, una salida para esta crisis que comience con el repudio de la deuda externa, el aumento inmediato del salario mínimo vital y móvil, y la expropiación de las grandes empresas que han acumulado ganancias a costa del hambre del pueblo.

PRC, 05/09/25.

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