Reforma laboral: tenemos derecho a la furia

En la madrugada de hoy, con 42 votos a favor y 30 en contra, el senado aprobó el proyecto de la reforma laboral. Como venimos diciendo -y cualquiera con algo de comprensión de texto lo nota- el contenido de dicha reforma es un ataque frontal a derechos históricos que supimos conseguir como clase trabajadora. La movilización que rodeó al Congreso fue masiva y la represión brutal.

La reforma esclavista

El gobierno, disfrazado de dialoguista, pudo juntar los votos necesarios simplemente modificando lo referido a la coparticipación del impuesto a las ganancias que otorga mayores ingresos a las provincias. Con esto abrochó la complicidad de los gobernadores. Por otro lado, mantuvo el aporte sindical compulsivo y los aportes a las obras sociales, cuidando la caja de la burocracia sindical. Con este hueso calmó a los perros falderos de los patrones que garantizan la paz social.

Todo el resto de artículos que afectan a los derechos “individuales” se mantuvieron igual. De prosperar esta reforma en Diputados, estaremos efectivamente en condiciones mucho más similares a las del siglo XIX. Un mazazo a nuestras condiciones de vida, un retroceso enorme en materia de derechos. Derechos que no nos regaló nadie, sino que fueron ganados con décadas de lucha, que fueron conquistados sobre ríos de sangre obrera. 

Tenemos entonces derecho a estar furiosxs.

Esa traidora CGT

La movilización a la Plaza de los Dos Congresos que se realizó desde el mediodía fue multitudinaria, pese a la nueva traición de la conducción cegetista que se negó a llamar al paro general. Sin dudas esta medida hubiese permitido que cientos de miles más pudiesen expresar su rechazo a la reforma. Este hecho de la masividad dejó en claro dos cuestiones: por un lado, que efectivamente el repudio que genera esta reforma esclavista es palpable, por eso muchas conducciones sindicales se vieron forzadas a parar y a mover a sus cuerpos orgánicos para conformar nutridas columnas (delegadxs, comisiones internas, etc.). También movilizaron miles desde sus agrupaciones gremiales, políticas o personas sueltas que se hicieron eco de la convocatoria. Por otro lado, que muchas de las conducciones sindicales (UOM, SMATA, UOCRA, etc.) comenzaron a retirarse a partir de las 15hs cuando ni siquiera habían hablado la mitad de los senadores dejando en evidencia que habían salido de paseo, que no estaban realizando una verdadera medida de lucha, que se asomaron para la foto en una pelea que ya dan por perdida. O peor: por ganada…

Este combo, de una dirigencia política emperrada en convertir en ley relaciones laborales semi esclavistas, de una dirigencia sindical entreguista y un enorme operativo policial hecho para provocar, no podía dar otro resultado que no fuese un reacción de ira enorme. La rabia que da saber que nuestras vidas, las de nuestras familias y las de nuestrxs hijxs está a merced de un puñado de millonarios y burócratas, cuyas vidas no tiene nada que ver con las nuestras, genera, y está muy bien que así sea, una enorme ira de clase. La frustración de tener que trabajar más y más para no llegar a fin de mes, de tener que dejar la salud física y mental en una cotidianidad cada vez más asfixiante y opresora. La desazón de sentir que siempre es más de lo mismo, que no importa lo que hagamos, que igual “ellos” siempre nos cagan. Era obvio que la jornada de ayer iba a terminar como terminó.

Los medios y periodistas, tanto los alcahuetes del gobierno como lxs progres bienintencionados, salieron espantadxs a denunciar la actitud de personas que en forma muy organizada (¿hay otra forma de hacerlo?) desarrollaron una actitud más beligerante. Los primeros, como hacen siempre, señalando la salvajada y violencia de lxs manifestantes. Los otros, apuradísimos en decir que se trataba de servicios que se infiltraron para provocar la represión y “desvirtuar la marcha pacífica”. Nuestra ira es justificada. Su miedo a que la clase trabajadora y el pueblo hagan estallar la bronca que genera la situación, también. No hay que ser un gran analista de medios para comprender que el bombardeo discursivo en este sentido tiene como trasfondo ideológico, de un lado y del otro, la pretensión de que lxs explotadxs nos mantengamos ahí, quietitoxs, tranquilxs, que marchemos siempre en ojotas… La mansedad de nuestra clase no hace otra cosa que llevar agua al molino que garantiza que nada cambie. Así llegamos hasta acá.

Que arda… 

¿Alguien se imagina a lxs revolucionarixs de 1789 en Francia pidiendo por favor a Luis XVI que les otorgue derechos políticos? ¿Se imaginan a French y Beruti diciendo “está bien el reclamo pero no son los modos” para sacar al virrey Cisneros del Cabildo? ¿Se imaginan a lxs esclavxs haitianxs pidiendo por favor que lxs liberen? Fueron los propios intelectuales liberales del siglo XVII los que ya reconocían el derecho de los pueblos para rebelarse y ponerle límites al Estado supremo en caso de no velar por sus intereses y hacer insoportable la opresión. Los liberales de hoy -los duros y los blanditos…- parecen haberse olvidado.

Que hubo, hay y habrá policías infiltrados no es ninguna novedad. Los hubo siempre, con todos los gobiernos. El Estado burgués, el Estado que defiende, de un modo u otro, a los empresarios hace eso, está en su naturaleza controlarnos por medio de la fuerza (a veces más explícita, a veces más sutil). No podemos afirmar ni negar que ayer haya sido distinto. Pero lo que debemos decir con total claridad es que tenemos derecho a la ira, a defendernos, a rebelarnos cuando el poder de los explotadores busca reducirnos a la más baja situación de servidumbre. 

¡Libertad a todxs lxs detenidxs por luchar contra la reforma laboral!

¡Abajo la reforma, arriba los salarios!

¡Que se vayan todxs!

PRC, 12/02/26.

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