Contra las intervenciones imperialistas en Siria

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Una guerra que lleva 7 años

El bombardeo a Siria por parte de EE.UU, secundado por Francia e Inglaterra, con la excusa de un supuesto ataque químico por parte del gobierno de Assad, ha vuelto a poner en primera plana una guerra civil que ya lleva 7 años, con más de 400 mil muertos, millones de desplazados y la virtual destrucción de la infraestructura del país.
La magnitud de la guerra civil y su probable continuidad por un largo periodo de tiempo es producto de la realidad de la crisis mundial capitalista y su consecuente incremento de las tensiones geopolíticas globales.

El marco internacional

Las potencias globales y regionales definen en Siria (aunque también se observa en otros escenarios como el este de Asia, Ucrania o el Báltico) la puja por esferas de influencias ante una “torta” que no alcanza para todos, de allí que respalden alternativamente a unas u otras facciones en la guerra con grandes recursos.
A una escala mundial la guerra aparecía para Estados Unidos como el modo de despojar a Rusia de su último aliado en el mediterráneo y dejarlo sin su base naval en la zona (similar al Maidan en Ucrania que podría haber dejado a Rusia sin su base en Crimea y a la que Putin respondió con la anexión del área y el apoyo a los separatistas del este ucraniano), como parte de un juego global que apunta también a limitar el acceso a los recursos de la región a China (que por ahora se mantiene sin intervención directa en el conflicto en la medida que el mismo aparece como innecesario). De allí que Estados Unidos haya apoyado a los “rebeldes” contra el gobierno de Assad y, en la medida que los radicales islámicos no resultaron lo suficientemente manejables y efectivos, también a los kurdos en el norte de Siria.
Por su parte, para los rusos y chinos el apoyo al gobierno sirio se presenta como el modo de garantizar su presencia en la región, la viabilidad del plan de Pekín de la “ruta de la seda” y, en el caso ruso, de recobrar peso en la región.
Para Inglaterra y Francia la situación aparece como la posibilidad de mantener proyección internacional en el marco del declive de su posición estratégica a nivel mundial en beneficio del Asia Pacífico, sobre todo en un área donde fueron la metrópoli colonial.
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A su vez, Siria es también el campo de batalla de las potencias regionales. Por un lado, tenemos a Irán y sus aliados libaneses de Hezbollah, enfrentados en una “guerra fría” local entre las dos ramas mayoritarias del Islam (chií y sunita), con las monarquías del golfo e Israel, de manera que los primeros apoyan a Assad y se alinean con los rusos y los segundos buscan derrocarlo y se alinean con EE.UU. Para eso el sector anti Assad agitó el radicalismo islámico de la mayoría sunita (recordemos que el régimen de Assad es laico y en el conviven varias minorías religiosas y étnicas).
Otro actor regional que aparece es el presidente turco y ultraconservador Erdogan, quien sueña con recuperar la grandeza otomana y recuperar terreno en la región. Este es miembro de la OTAN, pero se mueve entre EE.UU. y Rusia e Irán en función de sus propios objetivos, de allí que un día se reúna con Putin y al siguiente apoye el bombardeo yankee. Sus objetivos son derrocar a Assad e imponer un gobierno afín en Damasco, además de quedarse con el norte de Siria, y en eso se alinea con Occidente, pero a la vez debe evitar la autonomía de los kurdos en el norte sirio, la cual podría estimular a los 20 millones de kurdos que son oprimidos por el Estado turco, en función de lo cual se alinea con Irán (que tiene también en su territorio una minoría kurda) y Rusia (que se opone a los kurdos en la medida que estos se han asociado a los yankees para mantener su posición territorial).
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En el caso de lxs kurdxs, una de las naciones sin Estado más grandes del mundo pues fueron marginados en el reparto del Imperio Otomano por parte de Francia e Inglaterra al finalizar la Primera Guerra Mundial, la guerra civil fue la oportunidad de experimentar formas de autogobierno por primera vez en décadas, que sobre todo han alcanzado gran relevancia en términos de la lucha de las mujeres. Esto fue posible en virtud de una política de coexistencia pacífica con el gobierno de Assad (que de ese modo se evitaba un frente más), con el cual comparte enemigos: Turquía y las milicias islámicas sunitas. A eso se le sumo una relación de mutua conveniencia con los yankees, a quienes dejaron asentar bases en su parte de Siria a cambio de obtener armas.

Superar al capitalismo

El escenario sirio se revela así como parte de un juego regional y global entre potencias que utilizan a distintos sectores de la población como moneda de sangre en sus luchas por mercados y recursos. La dinámica de la situación hace que no solo esta guerra civil y las intervenciones imperialistas vayan a continuar sino que debe ponernos en sobreaviso al resto del mundo ante el hecho de que, a medida que las contradicciones capitalistas se profundicen, se irán ampliando a nuevas regiones del mundo este tipo de disputas.
La única salida política realista para cualquier postura que no quiera hacer de los pueblos carne de cañón de intereses ajenos y realmente aspire a la paz es la construcción de un actor autónomo, que se pare por encima de las diferencias nacionales y religiosas, y que no puede ser otro que el conducido por la clase trabajadora de todos los países. La solución a los conflictos geopolíticos viene de la mano de la solución de las contradicciones capitalistas.

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