“No mires hacia arriba”: ¿Crítica social o resignación a lo existente?

[Alerta de Spoiler] Recientemente estrenada la mega producción de Netflix “Don’t look up” (“No mires hacia arriba”) ha causado cantidad de críticas favorables y contrarias. ¿Su pecado? Entrelazar géneros, intentar una crítica socio ambiental y política, tener un reparto de superestrellas y ser, al fin y al cabo, un tanque pochoclero original de la plataforma.

La cosa es sencilla: unxs científicxs descubren un cometa que va directo a estrellarse con la Tierra en seis meses y medio. Dadas las dimensiones del mismo se trata de un “evento de extinción”, es decir, el fin de la vida en el planeta. Comunicaciones que van subiendo en las jerarquías militares y gubernamentales yankis, teléfonos que son pasados de mano en mano con caras de gran preocupación. Hasta acá nada nuevo en una clásica película de “cine tragedia”. Rápidamente, lxs personajes principales -encarnadxs por Leonardo Di Caprio y Jennifer Lawrense- son llevados a la Casa Blanca para explicarle la situación a la presidenta -Meryl Streep- que, para sorpresa de lxs protagonistas y de lo que dicta el ABC del género, está más interesada en la campaña electoral que en tomar medidas para intentar evitar la tragedia. Por el contrario, verduguea a lxs científicxs y ningunea la noticia. Comienza así el otro género que se entrelaza en la película, una comedia que utiliza el humor ácido con toques grotescos y mucho de parodia para realizar una crítica social hacia los tiempos que corren.

Es que si en el argumento de la película reemplazamos al cometa por el coronavirus, veríamos reflejados los mismos actores sociales que a escala planetaria han jugado algún rol en la gestión de la pandemia. Políticxs irresponsables, sectores de la derecha ultraliberal empujando campañas de desinformación -el “don’t look up” es eso-, la típica desacreditación machista con el que tratan de loca a una mujer que se planta, los medios masivos de comunicación difusores de opiniones oscurantistas y anticientíficas -¡pero entretenidos!-, el rol de las redes sociales viralizando más memes que datos reales y, finalmente, las voces autorizadas ignoradas o siendo objeto de burlas. “Decir la verdad ¡no funciona!” grita el subtexto del guión una y otra vez. Este marco de situación, con la cuenta regresiva de la colisión sin detenerse, se completa con el lobby de un mega millonario desarrollador de tecnología -al estilo Jeff Bezos de Amazon o Elon Musk de Tesla- que todo el tiempo mueve los hilos, incluso por encima de la mandataria estadounidense, para evitar cuestionamientos científicos que obstaculicen sus pretensiones de explotar los minerales que se encuentran en el cometa. A propósito de la minería y sus defensores, tal como ocurre en nuestro país y recientemente en Chubut, también en la película son argumentos del villano los beneficios y los puestos de trabajo que traería aparejada la actividad en el cometa.

Con el correr de los minutos el colapso parece inevitable. Allí el corazón de la crítica realizada en el film: frente al desastre total, cercano y evidente, se impone la mezquindad de lxs poderosxs, decisiones que responden a la lógica de la acumulación capitalista y la manipulación de información como forma de legitimar dichas decisiones. Por el lado de “lxs buenxs”, el conocimiento científico -ingenuamente objetivo, vaya si el capital no utiliza la ciencia- que cuestiona todo aquello que atente contra la verdad, por más dura y costosa que ésta sea.
Más allá de sus 2 horas y cuarto de duración, el “ni fu ni fa” que genera esa mezcolanza de géneros (algo de “Mars attack” con “Black mirror y “Armageddon” o “El día después de mañana”) o algunxs personajes innecesarios que solo parecen justificarse en meter más superestrellas al elenco como Timotheé Chalament o Ariana Grande, tal vez el punto más flojo de la película sea otro. Al meter tantos elementos de la realidad actual hace que no se profundice demasiado la crítica hacia ninguno, ni en el daño irremediable que produce el capitalismo al planeta, ni el desastre al que nos conducen todxs lxs políticxs del régimen, ni en el reaccionario papel que juegan los grandes medios de comunicación que, como no puede ser de otro modo, se mueven al compás de los mismos intereses de la clase capitalista.

No obstante, esta debilidad es a la vez su virtud crítica. La película es un producto cultural de masas que pone sobre la mesa todas estas cuestiones permitiendo abrir el debate. Sería tonto pretender que una plataforma como Netflix, una película hollywoodense y un puñado de actores millonarixs progres haga una artera crítica a la decadencia capitalista. No es casual que no exista ninguna superproducción de masas que plantee una narrativa apocalíptica que se resuelva felizmente con una salida revolucionaria, obrera y socialista. Aunque “No mires hacia arriba” sea propaganda liberal -sálvese quién pueda- y que abone la resignación -si no podemos con ello, quedémonos en casa “tranqui” y en familia-; a su vez, sin quererlo, deja picando esa pelota: la necesidad de pensar otro mundo posible, uno “digno de ser vivido”, que se reconcilie con la naturaleza y el buen vivir de las mayorías oprimidas y explotadas. Queda muy claro en el desenlace de la película que ese mundo no será éste. Pero sin dudas ahí está el más grande y urgente de los desafíos de nuestro tiempo histórico: pensar por fuera de las pantallas ese otro mundo posible y construirlo.

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