Dossier: A 20 años del “Que se vayan todos”

Rebelión popular contra la sumisión al FMI, la Deuda Externa y el ajuste 

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El 19 y 20 de diciembre expresan un punto de síntesis de las luchas de la clase trabajadora que estalla en forma de rebelión popular, con altísimos niveles de combatividad. Pero nada sale de un repollo: aquellas jornadas son también expresión de una acumulación de fuerzas y experiencias por parte de distintos sectores de la clase obrera que, sin contar con organizaciones políticas de clase fuertes que hubiesen podido darle al proceso un sentido mayor de ruptura con el capitalismo, hizo crujir el régimen institucional y cuestionó las bases mismas de la sociedad.

La histórica subordinación a los planes del FMI implicó en concreto la aplicación de un programa que en los 90′ incluía, entre otras cosas, la eliminación de gran parte de las restricciones al comercio exterior y los movimientos del capital, la reforma del sistema público a través de la privatización de las empresas estatales (67 empresas públicas de las cuales algunas eran de una enorme incidencia en la economía como YPF, Ferrocarriles Argentinos, Gas del Estado, y Aerolíneas Argentinas), la reforma laboral (extensión del periodo de prueba a seis meses, la reducción de los aportes patronales, la descentralización de las negociaciones de los convenios colectivos de trabajo). 

La miseria y el ajuste golpeaban permanentemente las espaldas de la clase trabajadora, hundiendo en diciembre de 2001 a más de un 46% de la población por debajo de la línea de pobreza. 

El régimen de dolarización del peso, las privatizaciones, la reforma laboral, la desocupación creciente y el ajuste permanente empujaron a la acumulación de organización popular en diferentes sectores y niveles. Como desarrollaremos en otros apartados, son la lucha contra la desocupación y el hambre las que irán abonando las experiencias más ricas de organización en diferentes partes del país.

Fue el resurgir del piquete y la asamblea para ir construyendo una correlación de fuerzas que pudiese frenar el ajuste peronista. Fue curtirse resistiendo duras represiones, llorar por la sangre derramada de militantes como Víctor Choque en Tierra del Fuego, Anibal Verón, Oscar Barrios o Carlos Santillan en Salta, de Teresa Rodriguez en Neuquén, Mauro Ojeda o Francisco Escobar en Corrientes, entre tantos otrxs. Pero el enfrentarse a la cara más dura del capital obligó también a practicar la resistencia y la autodefensa, como históricamente ha hecho la clase obrera. Las jornadas de diciembre y posteriores son también muestra de esa enorme voluntad de batalla y de esos aprendizajes.

Hay que decir que esas prácticas de lucha previas y las formas de organización se potenciaron y expandieron cuantitativamente luego de la rebelión de diciembre.

La pobreza generalizada, la corrupción de la clase dominante, su lujo y ostentación permanente, el ajuste sistemático sobre salarios, jubilaciones, el pago con cuasimonedas a lxs trabajadorxs estatales, toda esa combinación de circunstancias objetivas, de medidas políticas de la clase dominante para acumular a costa del hambre de la clase trabajadora terminaron desatando un movimiento de resistencia y de ofensiva contra el régimen sumamente poderoso. El movimiento de lucha iniciado con los saqueos, como medida defensiva contra el hambre, encontró su expresión política en la rebelión contra el estado de sitio, primero, contra Cavallo y rápidamente contra el régimen en su totalidad.

El asedio a la Casa Rosada y el Congreso de la Nación muestran como lxs manifestantes tenían claro que había que echarlxs a todxs. Lo que no tenía el movimiento en aquel momento era un programa para echarlxs y gobernar.

El programa de gobierno de los 90s y 2000 no era otro que el que se busca reactualizar hoy desde el peronismo en el poder, con la dupla Fernández-Fernández, y que presiona el sector de Juntos por el Cambio. La perspectiva de un cogobierno entre ambas fuerzas políticas con el presupuesto bianual que va a proponer Guzmán no puede más que anunciar la continuidad de dichas políticas disfrazadas con discursos “progresistas” o “keynesianos”.

La rebelión contra el régimen de 2001 nos sigue marcando un horizonte para enfrentar estas políticas.

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