Una nueva jornada masiva de protesta tuvo lugar ayer en la Plaza Congreso de la Ciudad de Buenos Aires y otros puntos del país. Confluyeron allí el reclamo por la ley varias veces votada e incumplida por el gobierno del presupuesto para las universidades nacionales, emergencia pediátrica y discapacidad, además de ir contra el DNU 70/23.

Grandes columnas estudiantiles, de docentes universitarios y nodocentes, además de sindicatos estatales, de docentes, entre otros sectores, se fueron congregando desde el mediodía. Es importante señalar, para que esta masividad fuese posible, que la jornada se dió en un importante paro docente y universitario. Recordemos: la ley de financiamiento universitario fue obstaculizada con una cláusula del decreto 759/2025 del Poder Ejecutivo y que luego la Corte Suprema ordenó aplicar al darle cause a una medida cautelar presentada contra dicho decreto. Dicho en criollo: el gobierno se niega a cumplir la ley. No haremos aquí un análisis profundo sobre las instituciones republicanas y de la democracia burguesa, alcanza este ejemplo para dimensionar por qué no depositamos ninguna expectativa en este régimen descompuesto y que, con buenos o malos modales, solo favorece a los mismos de siempre. El problema concreto es que lxs trabajadorxs universitarios y estudiantes (muchxs también trabajadorxs o pronto a serlo) ven degradadas sus condiciones de vida, de trabajo y de estudio. El sistema técnico científico del país se destruye con la lógica consecuencia de otras esferas que dependen de este engranaje también se degraden (el sistema de salud, de ciencia aplicada, de ciencias sociales, etc.). Es decir, directa o indirectamente el ataque a las universidades es un ataque al conjunto del pueblo trabajador.
Contra esto y contra el decreto 70/23 es que de a miles nos manifestamos ayer. Y, como dijimos, no es la primera vez. El empeoramiento de las condiciones de vida y los oídos sordos del gobierno neofascista de Milei, así como la tibieza impávida de buena parte de la oposición, dan rabia, indignan, dan bronca -como tantas veces sucedió en la historia-.
Este fue el marco sobre el que se desató a media tarde la represión policial. Lo venimos señalando: semejante ajuste no pasa sin represión y los partidos patronales lo saben. Por eso intentan, poco a poco, hacer del miedo una política de gobierno. Sea con palos, sea con persecución judicial, sea con el odio que inyectan en redes y medios de comunicación. A propósito de este contexto pero en el marco de la Reforma Laboral de febrero, decíamos que tenemos derecho a expresar la furia de clase, que tenemos derecho a expresar la bronca:
“Este combo (…) no podía dar otro resultado que no fuese una reacción de ira enorme. La rabia que da saber que nuestras vidas, las de nuestras familias y las de nuestrxs hijxs está a merced de un puñado de millonarios y burócratas, cuyas vidas no tiene nada que ver con las nuestras, genera, y está muy bien que así sea, una enorme ira de clase. La frustración de tener que trabajar más y más para no llegar a fin de mes, de tener que dejar la salud física y mental en una cotidianidad cada vez más asfixiante y opresora. La desazón de sentir que siempre es más de lo mismo, que no importa lo que hagamos, que igual “ellos” siempre nos cagan. Era obvio que la jornada de ayer iba a terminar como terminó.
Los medios y periodistas, tanto los alcahuetes del gobierno como lxs progres bienintencionados, salieron espantadxs a denunciar la actitud de personas que en forma muy organizada (¿hay otra forma de hacerlo?) desarrollaron una actitud más beligerante. Los primeros, como hacen siempre, señalando la salvajada y violencia de lxs manifestantes. Los otros, apuradísimos en decir que se trataba de servicios que se infiltraron para provocar la represión y “desvirtuar la marcha pacífica”. Nuestra ira es justificada. Su miedo a que la clase trabajadora y el pueblo hagan estallar la bronca que genera la situación, también. No hay que ser un gran analista de medios para comprender que el bombardeo discursivo en este sentido tiene como trasfondo ideológico, de un lado y del otro, la pretensión de que lxs explotadxs nos mantengamos ahí, quietitxs, tranquilxs, que marchemos siempre en ojotas… La mansedad de nuestra clase no hace otra cosa que llevar agua al molino que garantiza que nada cambie. Así llegamos hasta acá.
¿Alguien se imagina a lxs revolucionarixs de 1789 en Francia pidiendo por favor a Luis XVI que les otorgue derechos políticos? ¿Se imaginan a French y Beruti diciendo “está bien el reclamo pero no son los modos” para sacar al virrey Cisneros del Cabildo? ¿Se imaginan a lxs esclavxs haitianxs pidiendo por favor que lxs liberen? Fueron los propios intelectuales liberales del siglo XVII los que ya reconocían el derecho de los pueblos para rebelarse y ponerle límites al Estado supremo en caso de no velar por sus intereses y hacer insoportable la opresión. Los liberales de hoy -los duros y los blanditos…- parecen haberse olvidado.
Que hubo, hay y habrá policías infiltrados no es ninguna novedad. Los hubo siempre, con todos los gobiernos. El Estado burgués, el Estado que defiende, de un modo u otro, a los empresarios hace eso, está en su naturaleza controlarnos por medio de la fuerza (a veces más explícita, a veces más sutil). No podemos afirmar ni negar que ayer haya sido distinto. Pero lo que debemos decir con total claridad es que tenemos derecho a la ira, a defendernos, a rebelarnos cuando el poder de los explotadores busca reducirnos a la más baja situación de servidumbre.”
Hagamos como Francia, Albania, y como en todos los lugares donde la clase trabajadora sale a la calle y se enfrenta con nuestros métodos de lucha a las fuerzas represivas de la burguesía. Organicemosnos en cada lugar de trabajo, barrio o lugar de estudio. Organicemos la autodefensa popular en cada movilización en dónde la represión quiera mandarnos a nuestras casas. Luchemos para tirar abajo a este gobierno y a este sistema que nos oprime y construyamos un mundo sin clases sociales sin explotadxs un mundo de trabajadorxs y socialista.
PRC, 16/10/26.