Turquía: Las respuestas burguesas a la crisis solo traen más represión

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Desde que el oficial Mustafa Kemal Ataturk impusiera en 1923 la república laica en este país de inmensa mayoría musulmana, tras el colapso del Imperio Otomano por la derrota en la Primera Guerra Mundial, la tensión entre sectores seculares y religiosos ha sido una constante.

A lo largo de casi un siglo, las Fuerzas Armadas se han visto a sí mismas como garantes del orden laico, de allí el extenso historial de asonadas militares cada vez que algún gobierno islámico ganaba el poder en forma electoral.

En 2003 accedió al poder Recep Tayyip Erdogan, al frente del partido AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo). Desde el principio intentó ir desmontando el poder de los militares sobre el gobierno, sumado a una política de islamización. Esta última se ha venido profundizando, junto a la represión a las minorías como los kurdos, a medida que la crisis capitalista mundial y local se incrementaba.

De allí el creciente cercenamiento de las libertades civiles (censura de los medios de comunicación y las redes sociales, ilegalización del aborto, restricción del derecho de huelga, limitación del consumo de alcohol, ilegalización de signos públicos de homosexualidad, etc.). Así como el incremento de la represión militar de la minoría kurda, que tiene 12 millones de integrantes en este país.

Esto ha llevado a una virtual fractura del país entre los sectores laicos y religiosos, dando lugar a protestas como las ocurridas en Mayo y Junio de 2013, con la participación de los sindicatos y sectores liberales y de izquierda. También ha forzado a los distintos partidos de izquierda turca y kurda ha intentar coordinar un plan de acción en común.

Sin embargo, Erdogan ya ha obtenido 4 reelecciones consecutivas y su partido triunfo el año pasado con más del 50% de los votos.

Este es el contexto en que se inscribe el intento de golpe de Estado del pasado 15 y 16 de Junio. Allí, un sector del ejército intento tomar el poder pero fracaso tanto por causas internas (falta de preparación y coordinación) como externas (la gran movilización popular de los partidarios de Erdogan).

Si bien los militares dijeron pretender defender la república laica, su plan de acción no mostraba medidas que fuesen en dirección de la ruptura con la situación de crisis del país, ni cuestionaban el rol turco como representante de la OTAN ni como opresor de las minorías nacionales.

Ha habido diferentes versiones sobre quién fogoneó el golpe, algunos vieron la mano de la CIA (descontenta por el reciente acercamiento entre Erdogan y Putin), el gobierno turco acusó al clérigo Gulen (exiliado en Estados Unidos luego de que partidarios suyos denunciaran por corrupción a Erdogan), otras versiones sostienen que el gobierno turco, informado previamente, dejó que ocurra el golpe para justificar un aumento de la represión.

Sea cual fuese la verdad, ciertamente el gobierno de Erdogan sale fortalecido y ya se ven signos de una profundización de la represión y la islamización.

Ante esta situación de violencia y crisis constante que propone el sistema capitalista la única salida es la construcción de un verdadero poder de la clase trabajadora turca que sea independiente de toda facción e interés de la burguesía. Un poder que se conforme desde la organización de los trabajadores para derribar el Estado capitalista turco y construya un gobierno obrero y socialista.


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