Un cuco rojo recorre las pantallas

En los últimos meses una innumerable cantidad de series, documentales, etc. han inundado las plataformas del tipo Netflix, Acorn, Flow, HBO, etc., con o sin spoilers de alta calidad artística, estas ficciones borran las barreras con la realidad donde las autoridades soviéticas son presentadas como personas nefastas, mentirosas hasta con rasgos casi psicopáticos al no expresar sentimientos o valor ético alguno. Por ejemplo, recientemente la tercera temporada de “Stranger Things”, “Chernobyl” ambas furor en todo el mundo, y hace algún tiempo la serie de espías soviéticos residentes en EEUU “The Americans” o la hilarante versión ¿biográfica? de “Trotsky”. Pareciera tratarse de una segunda oleada de producciones de propaganda anti soviética, al estilo de Rambo o Rocky IV, con el detalle de que la Guerra Fría terminó hace ¡30 años!

Sea de éste u otro lado del Atlántico, la teleaudiencia queda impactada, estupefacta, ante tan aberrantes hechos, Malcon X, advertía que “nuestros enemigos harán que odiemos a nuestros amigos y amemos a nuestros enemigos”, a esto agrego un refrán popular, “El único hecho es el dicho” o visto para el caso. La realidad es la que se cuenta, se exhibe en imágenes que muestran las cámaras de los medios masivos de comunicación. Se reconocen como reales, significativos o importantes los hechos que muestran las cámaras. En la misma línea de la construcción mediática del “relato” o de las “fakes news” (noticias falsas pero comunicadas como verdaderas), quien posee la capacidad de decir como aparentemente son las cosas, de nombrar el mundo -o en este caso contarlo- lo definen, dejando en claro aunque de manera oculta quién tiene el poder.

Volvamos a la frases de Malcom X sobre “nuestros enemigos…”. La explotación la flexibilización, el desempleo, la miseria, la opresión… es obvio para los sectores dominantes de una sociedad que ven amenazados sus intereses económicos, políticos, y modos de vida, etc., perciban a los sectores explotados, excluidos como el enemigo, que hay que golpear, debilitar ya sea a través de la movilización de las fuerzas represivas del estado o mediante la creación de fuerzas paramilitares, a su entender, en legítima defensa. Pero la clase capitalista, a nivel mundial, ha aprendido de sus derrotas: el repudio generalizado, por izquierda y por la derecha liberal, hacia los terrorismos de Estado dan, en parte, cuenta de ello. Durante el desarrollo del Estado moderno, al calor de la lucha de clases y las distintas amenazas de la revolución proletaria, la clase dominante perfeccionó los mecanismos para generar consenso, en general, más efectivos y sutiles que repartir palos ante el conflicto social.

Instalar por ejemplo la existencia de un enemigo particular, extraño y bestial que amenaza toda forma de vida cotidiana conocida contribuye a la cohesión interna de una comunidad. Si un grupo extraño, poderoso sea un bicho que sale de un portal como en “Stranger things”, absolutamente ajeno a todo lo conocido, la comunidad se fortalece, cierra filas y aumenta la cohesión interna. En la recientemente estrenada 3er temporada, todo transcurre en una fecha clave para Estados Unidos, el día de la independencia 4 de julio. Fecha que refuerza “el sueño americano”: la preeminencia del derecho a la propiedad y el juego del mercado. En la sociedad que proclama al mundo que “LA ENERGÍA LO ES TODO”. Bien lo sabe el gobierno de Macri y lo supo el de Cristina con el proyecto Vaca Muerta, o “Vaca Muerte” que solo en 15 meses se produjeron ocho muertes de obreros petroleros, muertes que exhiben la voracidad del sistema de flexibilización y superexplotación laboral. El sector de los hidrocarburos es un claro ejemplo de las políticas de ajuste económico y la complicidad de los sindicatos pro-patronales, que contribuyen a la modificación de Convenios Colectivos de Trabajo para el área de los no convencionales. Entonces tenemos metas colectivas, deseadas por toda la comunidad: inversiones, empleos, mejor calidad de vida, consumo interno, vacaciones en Santa Teresita, etc., etc. Nadie desea a priori la guerra ni el conflicto en sí mismo, por lo tanto, si el fin es colectivo, siguiendo el razonamiento, se luchará con toda la intensidad para derrocar ese enemigo extraño, horrendo y abstracto bicho-enemigo, como lo es la corrupción, la crisis, el desempleo, el terrorismo, los extranjeros e inmigrantes, la globalización y, el peor de todos: EL COMUNISMO. Nuestro enemigo ya tiene forma, fue personalizado, a caerle con todo y con todos. Acá, advertimos, la labor de los medios masivos de comunicación -como Netflix- es muy importante para la manipulación ideológica en una realidad mundial dominada por las imágenes, es exactamente, “ver” y “hacer ver” con imágenes conmovedoras y explícitas una realidad peligrosamente simplificada.

La existencia de un enemigo externo poderoso que azotamentes; Demogorgons y las intrigas gubernamentales (en plena década del ’80), era cantado apelar a la URRS, similar ocurre con “Chernóbyl“, con terribles y aterradoras consecuencias de las irradiaciones. Ante tan terrible escenario, quién puede pensar en la inflación, la precarización laboral, incluso, cómo sería posible que un sistema de gobierno proletario comunista que produce tamaño desastre mundial, pueda ofrecer una vida digna a todo el mundo.
Los medios masivos de comunicación modelan el actuar, el pensar e instalan nuevos modos para que las personas comprendan y conozcan la realidad, se acepta como real e importante todo acontecimiento que se instala en las agendas de los mass media de manera repetitiva y reiterada durante el día, semana, etc. Así se instalan modos de vida, elecciones o preferencias de consumos personales y claro está, la opinión pública. Con la llegada de las nuevas tecnologías se ha cambiado hasta el modo de leer, la noción de tiempo y espacio, y trajo la posibilidad de intervenir en la realidad de manera virtual con las reacciones más heterogéneas que pueden ir desde el más fervoroso frenesí hasta los repudios más implacables.
Todas estas producciones que, insistimos, son de alta calidad, ayudan a desprender la popularidad o la masiva socialización, son elaboradas bajo el estatus capitalista, cuya clase dominante es la burguesía y es la que ha producido y produce corrientes de pensamiento, ideas, tendencias en función de sus propios intereses. Es así que impone desde los medios de comunicación, sus hábitos de consumo, sus modas, sus estilos de vida, sus concepciones de libertad, de democracias, etc., en la sociedad por ellos controlada. Claro está, que lo hace acorralando todos los intereses de la clase que oprime y explota; la clase trabajadora. Sin olvidar que sólo la tiene en cuenta en función de su capacidad de respuesta a sus exigencias y abusos.
No es casual que estas producciones aparezcan en tiempos de crisis capitalistas, donde las masas ven cómo empeoran sus condiciones de vida y luchan, aquí y allá, contra Reformas laborales o previsionales, contra regímenes corruptos y descompuestos. Aunque es difícil afirmar que deliberadamente estas producciones aparecen para mostrar otras alternativas sociales que tuvieron lugar en la historia como aún peores que las actuales, sí podemos pensar en estos productos culturales como “acto reflejo” cuando es la propia realidad que entra en crisis y se impone pensar alternativas. Tampoco se trata de defender -ni mucho menos- la Rusia stanlinista ni la desviación burocrática de los Estados obreros, pero sí advertir sobre los problemas que presentan estas interpretaciones sobre el pasado, más cuando se trata de procesos que fueron paridos por una perspectiva socialista y revolucionaria.

Por su parte, los medios argentinos, se empeñen a través de las ficciones extranjeras o nacionales -como la oportunista “El tigre Verón” de Polka, que estereotipa y estigmatiza la actividad sindical- en anular la capacidad de respuesta y neutralizar voluntad política y organizativa de la clase obrera con sus técnicas de paranoia hacia las ideas socialistas y el desprecio hacia una de las herramientas más poderosa que tiene nuestra clase, el sindicalismo clasista, e instale por todas las vías de comunicación dispositivos que generen la necesidad de despolitizarse para producir o inducir un “conformismo” de aristas apolíticas. Esta maniobra no es otra cosa que la búsqueda -otra más…- de reforzar representaciones indiferentes, de aceptar el orden establecido del sistema, aturdir en el conformismo y amputar, implícitamente, cualquier perspectiva de transformación social radical.


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