La deuda externa no es un problema para el país

Desde su asunción, toda la gestión de gobierno de Alberto Fernández estuvo signada por la deuda externa, tanto la contraída durante la era macrista como así también bajo gobiernos anteriores. El tema de la resolución de la deuda es presentado como un problema central, de orden nacional, que atañe a toda la sociedad. ¿Es realmente así?

Un gobierno signado por la deuda externa
Más allá de la cuarentena adoptada por la pandemia del COVID-19 y su tratamiento, el otro gran tema central de la gestión de Alberto Fernández desde su asunción hace 5 meses es darle algún tipo de resolución y previsibilidad a la deuda externa argentina contraída durante el gobierno de Macri y en gestiones anteriores, tanto la que se tiene con bonistas privados como con el FMI.
Desde los viajes al exterior a Israel y otros países de Europa, sus entrevistas con los líderes políticos de otras naciones, su permanencia en el golpista grupo de Lima, las buenas migas con Donald Trump así como entre el ministro de Economía Martín Guzmán y la titular del FMI Kristalina Georgieva, hasta el robo millonario a las y los jubilados a través de la Ley de Emergencia y Solidaridad para mostrar solvencia fiscal al capital financiero internacional, todo en este gobierno hasta aquí tiene que ver con la deuda externa.
Recientemente el ministro de Economía ha presentado una oferta que consiste en pedir tres años de gracia sin pagar intereses, reducir el capital de la deuda en 5,4% y una quita en intereses de alrededor del 62%, sólo en bonos por un equivalente a U$D 66.238 millones del total de más de U$D 300.000 millones, propuesta que ha sido rechazada por los principales fondos de inversión.

La deuda es un mecanismo de expoliación y sometimiento
El asunto de la deuda externa es presentado como un tema crucial, de primer orden nacional, un problema de toda la sociedad. Pero, ¿es realmente así? ¿Es la deuda externa un problema para el país?
Ante esto, algunxs sostienen cerradamente que las deudas se pagan, se honran, equiparando cualquier deuda doméstica o crédito que puede contraer una persona en la vida común. Otrxs, la sola idea de no pagar la deuda externa le da motivos para infundir terror y el anuncio de consecuencias catastróficas para el país.
Unxs y otrxs no comprenden o no quieren comprender que el mecanismo de la deuda externa de los países es una compleja ingeniería financiera fraudulenta, donde todo es un negocio entre capitalistas, y donde los de adentro y los de afuera están entongados en la misma usura.
Si la deuda externa sirviera para la prosperidad económica y social de un país, Argentina -con todo lo que contrajo en su historia- ya hace décadas habría entrado al concierto de los países del primer mundo desarrollado.
Sin embargo, la pobreza estructural que el país tiene desde hace décadas alrededor del 30% de su población total, o el hecho reciente de que ante la cuarentena y el lanzamiento del subsidio IFE se hayan inscripto casi unas 13.000.000 de personas, muestra un desolador cuadro social que es la contracara directa de la deuda externa, el anverso de esas toneladas de riqueza social que produce la clase trabajadora pero que se van del país en forma de millones y millones de dólares a manos del capital financiero internacional.
El fin último y principal de poder pagar la deuda externa es que el país sea “confiable” en los términos del capital financiero internacional y que Argentina pueda volver al mercado de capitales.
Es decir, que pueda recurrir a nuevos préstamos y entonces se reinicie esta rueda perfecta del robo internacional, préstamos usurarios que volverán a someter políticamente al país, que volverán a pagarse con expoliación económica, que volverán a generar nuevas crisis de deuda, que volverán a empobrecer a la población.

La resolución de la deuda es un asunto burgués
Este negocio -la deuda externa es un negocio- no le sirve a nadie más que a la burguesía nacional.
A la burguesía, el reinicio de este mecanismo bien le sirve para obtener financiamiento privado en forma directa y seguir haciendo negocios, bien en forma indirecta a través de proyectos sociales que encare el Estado pero que los tenga a ellos como intermediarios o contratistas para la realización de los mismos y seguir haciendo negocios.
La inmensa mayoría del país no necesita pagar la deuda externa, podría vivir tranquilamente sin pagar la deuda externa, le vendría muy bien no pagar la deuda externa.
La astucia de la burguesía como clase dominante en este asunto (así como en otros) está en transformar en causa nacional un problema particular que sólo le atañe a ella, y convencer a las y los proletarios que, si la deuda no se paga, sobreviene la catástrofe social, y que es únicamente por el camino del pago y sólo por el camino del pago que se alcanza la soberanía nacional.
Quienes defienden el pago de la deuda, pero no ponen en debate su origen y destino como mecanismo de expoliación económica y sometimiento político de los países por parte del imperialismo, consciente o inconscientemente, bajo otra fraseología, coinciden con la derecha política y juegan para el capital financiero concentrado internacional y nacional, legitimando sus negocios usurarios.

Soberanía nacional es otra cosa
No tiene nada de soberano discutirle la deuda a los bonistas privados con el apoyo y los argumentos que te escribe el Fondo Monetario Internacional.
No hay nada de soberano, sea con quita agresiva o razonable o sin quita, en el hecho de reconocer la usura y pagar el fraude de la deuda externa a libro cerrado.
No existe soberanía en nada de lo que viene haciendo el ministro Guzmán con la aprobación de Kristalina Georgieva, por encargo claro del presidente Alberto Fernández.
Pagar la deuda externa es un asunto propiamente burgués y sólo a ella le atañe, más allá de que haya, lamentablemente, muchas y muchos que toman ese asunto como propio, y militan en la clase trabajadora esa posición con una supuesta perspectiva de soberanía nacional.
La soberanía nacional es bien otra cosa. Es sin la burguesía parasitaria y sin su negocio usurario del que vive y se enriquece en forma privada -bien por medio de los cuantiosos fondos que le gira el capital financiero internacional, bien a nivel local por medio del Estado con subsidios y la patria contratista-; es sin esa clase parasitaria tan expeditiva para socializar las pérdidas descargando el ajuste sobre las espaldas trabajadoras cada vez que asoma una crisis, sometiéndola a la pobreza y a la degradación humana.
Soberanía nacional es bien otra cosa. Es con la clase trabajadora al frente, es revolución y poder obrero, es socialismo y un proyecto económico con verdadera justicia social, es gozar en forma colectiva lo que se produce socialmente, sin usura, sin expoliación, sin sometimiento político, sin opresiones.

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